Método de extracción

Escribo cuando no sé cómo hablar con la mirada, cuando no encuentro quién escuche mis lágrimas. Escribo como escape al dolor que engulle cada una de mis madrugadas.

 

Escribo, y luego soy.

 

Porque he dejado de ser quien era, para ya no ser, ya no sentir, ya no llorar.

 

Escribo para que deje de doler lo inevitable. Para no morir.

En cada palabra escrita se despliega algo de mi ser, para no desplomarse.

 

Escribo con certeza de que las palabras que se leen laceran menos que las que se escuchan. Como ley humana. Por eso, escribo. Porque dos veces presencié el dolor de la palabra articulada. De esas palabras, que fueron el abismo que me consumió, y que aún resuenan en el fondo de mi alma, como gota china.

 

Espeluznante degradación, daño continuo impregnado en la frente…

 

Tres palabras que no se van, sin extraviarse antes por el corazón.

 

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