De grietas y escombros

Una vez arruiné todo lo bonito que tenía, y me puse a ver el horizonte desde los escombros. Aquí sigo.

— Carlos Silva

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De grietas y escombros está decorada mi alma. ¡Vaya belleza! O desventura… Pero la vista es todo un espectáculo: inmóvil y silente. Como las ramas secas de un árbol fallecido.

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Yo, que tantos años reverencié la soledad, ahora me veo ahogada dentro de ella, a punto de perder la conciencia de tanto aguantar la respiración. Perversa bendita soledad que se traga todas tus culpas, palabras y silencios para escupirlos a su conveniencia. La soledad es tan desconfiada como inerte, por eso se asegura de arrastrarte cuando nota que te alejas. Te quiere inmóvil y silente, como el mustio árbol abatido.

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Despierto y descubro que mis gatitos me hacen compañía, intuyen que algo anda mal o simplemente prefieren no estar solos, como tantos otros… Me acompaña también una sombra, que se posó sobre mí con cara de no querer irse nunca. Sombra permanente, diaria, incompleta pero punzante que besa sigilosa, casi con ternura, las lágrimas que despido entre bruma y cenizas. Ya hasta somos amigas, jugamos a verle a la penumbra el lado divertido.

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Acompañando a esta sombra, debajo del esternón, vive instalado un dolor profundo: tres crueles palabras que se incrustaron como piedras preciosas, cayendo como balazos en mi alma. Uno a la vez, luego de que el filo gélido de su voz me degollara. Tres palabras dichas con tanta seguridad que separadas resultan indefensas, tan indefensas como la mirada verde que me derribó ocasionando una severa lesión. Llevo semanas intentando con todas las fuerzas ignorarla pero ha sido tan necesaria como respirar. Cuando la vida te pone de rodillas, con el revólver sobre la cabeza, más vale obedecer…

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No me ha dado ganas de cerrar la herida, porque junto a ella se abrieron todas mis cicatrices: un derramamiento incauto de dolores antiguos con sabor a principiantes; una colección de flores marchitas esperando a ser molidas; un repertorio de gotas de agua que no se reunirán jamás con el mar. No he querido cerrar la herida, no por sufrir o ser una víctima más del desamor, sino porque es purulenta y dejándola descubierta es mi forma de expurgarla. Es de especialistas del dolor saber que una herida nunca se extrae, se cuida para que sane desfigurándose en una encantadora cicatriz. En este caso, los amores inconclusos, arrancados de raíz  con violencia cuando apenas han germinado, son los que más duelen… Y los divisas, en el horizonte, entre tus escombros.

 *Fotografía de encabezado: “Mortuus est in Caligine” por Jack Dillinger.
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