Carta al amor de mi vida, o algo parecido

(Que aún no conozco, o quizás sí).

 

Creo que lo más educado, o propio de una señorita, sería empezar por presentarme. Pero ya Alguien más lo hizo por mí. No necesito dar detalles de mi nombre, ni de quién soy. Seguramente es algo que ya conoces. Si fuese el caso que lo ignoraras, estoy segura de que, en cuanto me vieras, lo sabrías. Y si no… pues no pasa nada. Se vale ser despistado y puedes volver a preguntar mi nombre. Dos veces si es necesario.

 

Aunque vaya en contra de toda norma social, tú tampoco necesitarás presentarte. Te veré a los ojos y lo sabré todo. O casi todo. Sabré que en tus ojos se esconden todos los colores del infinito, y me engancharé a ellos de inmediato.

 

Sabré de tu mirada lo que me buscaste… Observaré en ella el rastro de la última lágrima y te diré, despacito, que no llegaste tarde, ni tampoco antes, sino justo después de las heridas necesarias.

 

No sé nada de ti aún, y tú tampoco de mí.

Estamos a mano.

 

Lo único que sé es que tu mirada es de mar. Porque la he soñado. Repetidas veces. Tantas, que rayo la locura, la obsesión quizás. En tus ojos he visto todas las tonalidades del verde al azul, aunque ahora están de gris francés. Los he visto en tempestad, y de mar en calma. No conozco todas sus olas, pero sabría embriagarme en ellas. Mirada ver de mar, que contiene todos los colores… Puede que ya la haya visto antes, y que por andar contando estrellas, me la perdí. Conociéndome, tal vez confundí tus ojos con los de alguien más. Repetidas veces. Y dolió al final. Por no esperar, o ilusionarme de más… Pero, ¿sabes? Je ne regrette rien. Porque todo por lo que pasé, me trajo hasta aquí. A este punto de mi derrumbe, en donde observo todos mis abismos, todas mis grietas pequeñas heridas de guerra, y confieso que amo cada uno de ellos. Tanto, que los tengo en inventario porque a ellos les debo todo lo que soy, lo que pienso, siento y escribo. Y supongo que no está tan mal.

 

No me frustro. No me desespero. Atiendo el tic tac del reloj mezclándose dentro de una copa de vino. Tinto para ser precisos. Suena el reloj. Hay cosas por hacer en la vida, sí, como prepararme para tu llegada… para cuando por fin decidas aparecer. Confío en que tú haces lo mismo. Que andas por ahí, a la vuelta de cualquier esquina, abrochando tus mancuernillas y lustrando tus zapatos gastados de tanto buscar. Yo, mientras tanto, cuido mi copa de vino. Que no se me caiga, que no se me rompa. Que no derrame una… sola… gota. Porque será lo único valioso que tendré para darte cuando vengas por mí.

 

Esta copa, frágil a la vista, contiene todos y cada uno de los perfumes de mi alma. Es un regalo que te he estado guardando con mucho cariño y respeto. Porque solo me han dado una, sé que tú la cuidarás. ¿Me ha costado? ¡Claro que me ha costado! Me la han querido robar… Quisieron romperla cuando no la quise dar… Me la han manchado y la he vuelto a limpiar (hasta que brille). Me ha costado mantener esta copa… pero está completa y sin un solo rasguño.

 

Vaya que me ha costado…

Ha valido la pena.

Y la observo, satisfecha.

 

No conozco tu historia, o tal vez sí. Puede que hayas sufrido tanto o más que yo. No podré hacer nada con tu pasado, pero me encantará ser todo tu presente. Hay heridas muy personales de las que no hablaré, pero seguro hemos pasado por lo mismo. No prometeré curar tu corazón porque eso es algo que solo tú puedes hacer. No prometo no lastimarte, pero sí cuidarte… ¿Surcir tu amor descosido? Ven, que te coso las heridas y te las decoro con lentejuelas.

 

De tu vida solo sé algo:

El día que me enamoré de otro, te caíste en pedazos bajo el viento. Caíste en trozos solitarios para desvanecerte en el olvido. Recuerdo la fecha. Lo sentí, y llovía también por dentro. Estuviste triste sin razón aparente, sin conocer mi existencia…

Y dudaste de la tuya.

Sentiste tu alma morir, lentamente con las hojas del otoño.

Aún no llega la primavera, y temes apagarte… que nunca te llegue a conocer.

 

No temas,

te espero

en mi penumbra.

 

No dejes que se te apague el alma. Mejor ven, y píntame la vida de terciopelo azul. Como yo te la he escrito de poemas huérfanos…

 

§

 

Llevo cinco años escribiendo esta carta… con un par de versos más. Y hoy sé que no eres el amor perfecto, y que nunca lo serás. Excuse-moi d’être réaliste. Pero no pasa nada, que yo tampoco lo soy. Désolé.  He pensado en tus oscuros matices pero también en tu claridad. En tus días grises y tus noches a color. Imagino que en tus trazos nerviosos y en tus pausas breves sabes pintarme el alma, y decorarme las pupilas. Cierro los ojos y descubro que también por dentro brillas; que cada pincelada que amas lleva mi nombre. Y que de alguna forma, tu mirada debió de llegar a mis manos.

 

Ya estoy enamorada de tu existencia. Tengo anotados todos y cada uno de los rastros de tu mirada. Canta Steven Tyler en el fondo de mis tímpanos, como queriendo que también le escuches. Pero sé que solo ves tu propio silencio inundado del mío. ¿Sabes? Me arrepiento de no haberme despedido de ti antes de salir a este mundo, porque al menos tendría un rostro que recordar. De los sueños, sé que tus ojos son camaleónicos: a veces me extrañan, a veces me buscan, luego creen que me encuentran y me vuelven a buscar. A lo mejor eres errante, ciudadano del mundo, sin hogar fijo. Porque no encuentras el mío…

 

Vas y vienes, rodeas el fin del mundo, te detienes justo en el borde. Te instalas. A esperar(me). Te cansas de buscar. Pero no te das cuenta… Estoy contigo, aunque estés lejos de mí. Cruzamos apenas palabras, un guiño, que nos hace a ambos estallar. Conoces mi mirada de un baile entre luces que es la antesala de nuestra confusión. Me gusta creer que piensas en mí tanto como yo en ti, quizá un poco menos. Para que no sufras tanto. En tus ojos está todo, menos los míos (que no has podido hallar). Pero confío en que un día será el mismo Dios quien nos guiará… Gracias por no venir a mi vida aún, porque la sigo aprendiendo.

 

Más vale tarde que sin encontrarnos.

 

Me envuelvo el rostro en la sonrisa que brota en mí al imaginarte, sentado en tu habitación, o en la banca de algún parque, leyendo esta carta con tu mirada de agua dulce. Es tarde, sopla suave el viento. Hay reflejos en la acera. Consejo: No vayas a perderte la Luna por andar cazando estrellas. Mejor toma todas tus letras, y deletrea mi nombre, para que no se te olvide. Yo pintaré el tuyo con todas las luces de la noche. Y te esperaré aquí, junto a mi copa de tinto, acumulándote todos mis versos.

 

Tal vez no existas, y seas solo producto de mi ilusión. Pero mientras lo descubro, está prohibido no pensarnos… Quiero volver a ver tus ojos, que los tienes bonitos porque son color tu alma. ¿Que si te busqué antes? Sí, pero muchas veces la vida nos enseña a golpes por dónde no debemos ir. Que el amor descansa, que las sonrisas se agotan, y la calma se frustra. ¿Bailamos? Yo no bailo, mejor vamos por un trago de silencios. Para evitar el pánico escénico premeditado, que me pongo nerviosa. (Falta poco, aún no termino).

 

Hay algo que debes saber de mí. No te estoy buscando.

 

Te espero,

con paciencia.

Entretanto, construyo mis días.

 

Y por último… Quiero que seas feliz mientras no llego a tu vida. Yo procuraré serlo también.

 

 

P.S.: Si quieres, ven a ser libre conmigo.

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